El Enojo

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Mateo 5:21-26.

INTRODUCCIÓN

Antes de iniciar con el tema de la Ira, es importante dejar claro tres aspectos muy importantes al respecto con Mateo:

  1. El Evangelio de Mateo fue escrito para judíos, y por ello, habla de asuntos directamente con Israel.

  2. El Sermón del Monte es un mensaje que refleja la santidad y carácter del Gobierno de Dios en el Milenio, y por ello, es un tema de cuidado. Sin embargo, tiene aplicaciones prácticas para la Iglesia del Señor.

  3. A partir del versículo 21 inicia una serie de “Oísteis que fue dicho…”, una clara referencia al Targum judío, la interpretación propia de los judíos. Toda frase que inicia con “oísteis que fue dicho…” en este Sermón de la Montaña, no se refiere a la Ley de Moisés, sino a la interpretación judía de la Ley. Por eso utiliza “a los antiguos” en cada caso.

Es necesario que cada uno de nosotros podamos tener en claro lo que Dios dice respecto al enojo, y las diferencias que existen entre estas. Veremos cuatro aspectos en esta mañana, y empezaremos con…

  1. El concepto del enojo (v. 21). Tenemos, al menos, tres formas de considerar el enojo, siguiendo alguno de estos parámetros:

    1. El concepto de los judíos antiguos. a) Los fariseos le dieron una interpretación al mandamiento de no matarás. En primer lugar observamos que la frase “No matarás” del verso 21 es perfectamente la idea del mandamiento dado por el Señor en Éxodo 20. b) La siguiente frase, “y cualquiera que matare será culpable de juicio” es la interpretación judía de la Ley. Es decir, para un judío no era pecado enojarse o vociferar contra otra persona, siempre y cuando no lo “matara literalmente”, el mandamiento no aplicaba.

    2. El concepto moderno del enojo. Nosotros hemos avanzado un poco, pero dejamos como elemento justificable los sentimientos y expresiones propias del enojo como una causa justificable cuando otros nos alteran. Algunos podemos eliminar aquellas expresiones malsonantes cuando nos enojamos, pero siempre dejamos correr en nuestro ser la sensación del enojo. Incluso seguimos enojados por días, meses o años, y siempre consideramos justificable el mal que hemos recibido y, por ello, somos inocentes.

    3. El concepto de Dios acerca del enojo. La Biblia enseña que:

      1. El enojo en sí no es un asunto negativo siempre, porque sabemos que Dios mismo se enoja (cf. Jer. 3:11).

      2. Existe la ira correcta, producida por una justa indignación contra todo lo que es malo y pecaminoso, en cuyo caso está sujeto a la voluntad del creyente (Ef. 4:26).

      3. Jesús no prohíbe enojarse, sino que “el que se enojare sin causa contra su hermano”… Jesús prohíbe el enojo sin causa justa para ella. Pablo se enojó por la actitud de Pedro y le reprendió públicamente (Gál. 2:11-21).

      4. El enojo según Dios no es ira humana pecaminosa, porque esa ira no hace la justicia de Dios (Stg. 1:20). Debemos diferenciar entre la ira que nace del corazón del hombre y el enojo que se produce en justicia de Dios, y que anhela la paz (Stg. 3:11-18).

¿Cuál, pues, es nuestra idea del enojo? ¿Estamos de acuerdo con Dios o consideramos equivocadamente cómo debe ser manejado el enojo?

  1. El enojo en relación con los hermanos (v. 22). Sabemos que Dios permite el enojo siempre que sea justamente producido… es decir, contra el pecado, y eso incluye al individuo que causa el pecado. Obsérvese que Dios permanece enojado contra el impío, y no solamente contra el pecado (cf. todo el Salmo 7, especialmente el verso 11). Ahora, ¿permite esto que yo me enoje contra mis hermanos y prójimos por cualquier causa? En el verso 22 Jesús nos explica este asunto con claridad:

    1. “Pero yo os digo que cualquiera que se enoje sin causa contra su hermano, será culpable del juicio…”. Esta frase es clara en que el enojo sin causa no puede ser parte del creyente hacia sus hermanos. Jesús no prohíbe enojarse (como ya vimos), sino que prohíbe enojarse sin causa. Existen algunas “causas” en las que un enojo puede ser justificable ante Dios en relación a un hermano:

      1. Ante un pecado no aceptado ni arrepentido. En Lucas 17:3-4 Jesús dice claramente que cuando un hermano peca y se arrepiente, debo perdonarle. Pero cuando leemos detenidamente, ¿qué pasa si el hermano no se arrepiente? ¿Debo perdonarle? En el versículo es evidente un tácito NO. Este perdonar, según el contexto, es para comunión, por lo que dejar a una persona que pecó sin que haya podido responsabilizarse y, por ello, enmendarse, es hacerle daño en lugar de beneficiarle. Dios enseña que delante de Él debo perdonar (Marcos 11:25), eso es lo que se conoce como “perdón vertical”, mientras que Lucas habla del perdón horizontal.

      2. Ante un pecado de muerte que haya cometido un creyente. En 1ª Cor. 5 y 1ª Juan 5 encontramos la sindicaciones divinas acerca de la actitud del creyente hacia quienes han cometido pecados de muerte. Este es un tipo de enojo aceptable ante Dios, ya que el fin no es hacer daño a la persona, sino producir en ella un cambio que le ayude a transformarse y crecer.

      3. Si me enojo sin causa contra un creyente, es decir, sin la causa correcta que tiene como propósito ayudarle (este enojo cuando logra el objetivo se desvanece completamente), entonces está expuesto al juicio, una frase que significa: está condenado a ser castigado.

      4. Estar enojado contra un hermano es la misma sentencia que haber matado a alguien (cf. la frase “reo de juicio” en ambos versículos).

    2. “y cualquiera que le diga Necio a su hermano, será culpable ante el concilio”. El término NECIO, en griego es RACÁ. El término racá o necio tiene la idea de humillar al hermano, colocándose uno sobre él y considerándolo con desdén. Es común escuchar a personas de la metrópoli hablar despectivamente contra personas de zonas rurales, o a la inversa, personas rurales expresándose despectivamente de las citadinas. Estas actitudes son propias de un racá. Jesús dijo que quien le dice NECIO a su hermano, es culpable ante el Concilio. Acá concilio es literalmente Sanedrín, el consejo de líderes judíos. Estar ante el Sanedrín equivalía a salir azotado severamente, fuere la causa que fuere (cf. Hch. 5:40). Esto significa que Dios castigará cualquiera de estas actitudes contra los hermanos.

    3. “y cualquiera que le diga Fatuo a su hermano, quedará expuesto al infierno de fuego”. El término fatuo es lo mismo que imbécil, es decir, falto de toda razón. La ira, la increpación y la maldición (maldecir: hablar mal de alguien) son el resultado de un corazón sin comunión con Dios. Cuando nos enojamos y ofendemos a nuestros hermanos, o mantenemos actitudes erróneas al respecto, estamos expuestos al juicio, porque es lo mismo que haber asesinado.

    4. La enseñanza en estos versículos es claramente expuesta por el Apóstol Juan cuando dice que odiar a un hermano es lo mismo que el homicidio, y hace mentiroso al que dice amar a Dios pero en su corazón aborrece a su hermano (1ª Juan 3:14-19; y 4:20-21). enojarse sin causa contra el hermano es cometer un pecado serio de homicidio, porque el homicidio externo es solamente la evidencia de la intención interna que ha calado constantemente en la persona.

Esta es la situación de la Ley de Dios; no es meramente el acto externo lo que se condena; Dios condena el acto interno, la intención del hombre. Así es toda la Ley, y Jesús la interpreta correctamente en el Sermón de la Montaña.

  1. El enojo en relación con Dios (v. 23-24). En estos versículos vemos que no se puede ofrecer una ofrenda” si tenemos algo “contra nuestro hermano”. La ofrenda tiene el sentido de solicitar algo a Dios, pero Jesús dice que no podemos hacer esto si tenemos problemas de enojo hacia nuestro hermano. Ya vimos que el enojo puede ser justificable, y que Dios mismo se enoja. Sin embargo, ¿por qué nuestro enojo nos separa de la comunión con Dios? El problema está en que nuestro enojo es falta de santidad, y no es un enojo controlado. El único enojo aceptable es el que está de acuerdo a la santidad, al odio al pecado y a la maldad. El enojo humano (que está cargado de pecado, ya que el humano es un ser caído), produce una separación con Dios:

    1. El enojo humano no procede del amor. La Biblia enseña que Dios es amor (1ª Juan 4:8), y su enojo solamente está relacionado contra el pecado1; el enojo humano procede del pecado y por ello no hace “la justicia de Dios” (Stg. 1:20).

    2. El enojo humano nos aleja del amor a los hermanos. La Escritura dice que si amamos “ponemos nuestra vida por nuestros hermanos” (1ª Juan 3:16), mientras que el enojo nos hace perder ese sacrificio hacia nuestros hermanos.

    3. El enojo humano hace perder nuestra comunión con Dios. En Isaías 59:1-3 Dios dice claramente que “la división” que nos “aleja de Dios” es el homicidio. Si colocamos este texto junto al de 1ª Juan 3:14-19, nos damos cuenta de que nuestras iras producen una división entre Dios y nosotros.

    4. Enojarse sin causa es la manifestación de la falta de santidad. La Biblia enseña que el enojo no puede durar más de un día (Ef. 4:26-27). ¿Cuánto nos enojamos sin causa alguna?

    5. Otro punto serio es que en este pasaje de Mateo 5:23-24 quien busca solucionar el problema no es el que está enojado, sino el que sabe que otra persona está enojada con él. Así, para Dios, si alguien se enoja contra mí, aunque yo sea inocente, debo esforzarme por solucionar el problema para poder ser acepto. ¡Menudo embrollo! De hecho, la Escritura enseña que si estamos con problemas con nuestra esposa, debemos buscar la solución porque eso “estorba las oraciones” (1ª P. 3:7), muy similar a lo que enseña Isaías 59 y 1ª Juan 3.

Dios nos enseña que el enojo sin causa nos separa de Él. Esto nos enseña que “todos” sin excepción hemos pecado contra el Señor y, por ello, debemos ir a Él a pedir perdón y restauración, luchando contra este mal que está en nosotros por causa del pecado.

  1. El enojo en las relaciones interpersonales (v. 25-26). Por último, el Señor Jesús advierte que no solamente el enojo sin causa perjudica nuestra relación con Dios y nuestros hermanos; nos puede meter en un serio problema con otras personas. En el punto anterior vimos que la persona sin culpa es responsable de arreglar las cosas, en este caso el culpable es aún más responsable:

    1. Es responsable por ser el causante del enojo. Cuando otra persona es la causante del enojo, yo debo buscarlo y confrontarlo con el problema con miras a la solución. Pero cuando yo soy el responsable, debo “ir con el enemigo junto al camino”, es decir, debo buscar todos los medios para solucionar el problema que se hará cada vez más serio.

    2. Es responsable de pedir perdón. Si un creyente peca y pide perdón, el hermano debe perdonarle. Si yo soy el que ha pecado, debo buscar el perdón de la otra persona para poder ser libre. Observe que acá se dice que “quedará preso hasta que pague el último centavo”. El perdón es literalmente “dejar libre”. No tiene nada que ver con los sentimientos. Yo debo apelar a la razón, no a los sentimientos. Perdono cuando dejo libre de culpa a la persona, aunque los sentimientos sigan allí; los sentimientos son mi problema, no son problema del otro. Del mismo modo, cuando pecamos con enojo, debemos humillarnos reconociendo la falta y pidiéndole al ofendido que nos perdone.

El enojo es una acción totalmente contaminada por nuestro pecado, y por ello, nuestro enojo JAMÁS será santo. En ocasiones tendremos un enojo aceptable cuando nos molesta el impedimento del bien, o el pecado que es propagado. Pero siempre terminamos enojados con las personas y hacemos lo que no conviene.

1Recordemos que el pecador, saturado de pecado, sin la redención, pasa a ser el objeto de la ira divina al no creer en Cristo Jesús.

 

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