Paz a Vosotros

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“… vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros.” (Juan 20:19)

Según el diccionario panhispánico de dudas, “La fórmula de saludo que se emplea durante la mañana es, en el español general, _buenos días_. No obstante, en algunos países de América del Sur se utiliza también la fórmula buen día: «Buen día, abuelo». Obviamente, que también por la noche usamos el plural de énfasis para marcar la profundidad del deseo de que esa persona tenga “buenas noches”. En sí, el plural solo se emplea con el objetivo de superlativo, denotando un deseo más profundo que solamente desearle un “buen día” o una “buena noche”. Así es nuestro español, heredero incólume de la profundidad del latín y del griego; y cada idioma tiene su significado y uso adecuado.

El idioma de Jesús, aunque considerado sencillo, tiene factores muy profundos y significativos. En el texto de Juan 20:19 es un saludo que se empleaba a cualquier hora del día, porque no enfatizaba el día, sino al que daba la paz. “Shalom” es un término arameo con una connotación profunda de desearle al receptor toda la paz de Dios en sus vida. Como el español, se usaba de pluralidad ante varias personas, para incluirlas a todas. “Shalom” incluye todos los buenos deseos para el otro.

Jesús había muerto, había sido sepultado… junto a Él, es probable que los discípulos sintieran que todas sus esperanzas, su fe y su convicción fueran igualmente enterrados. El Fundador de la iglesia estaba muerto y sepultado. La Escritura revela que ellos creyeron en la resurrección hasta después de que resucitó el Señor, e incluso Tomás persistía en la duda a pesar del testimonio de 10 Apóstoles. ¿Qué paz podrían tener quienes habían perdido a su Salvador? ¿Qué paz tendrían quienes habían quedado “huérfanos”? Es probable que las palabras del Maestro “no os dejaré huérfanos” recalcaban en los corazones de estos sufridos discípulos. Su tristeza era tal que incluso pensaron que se habían robado el cuerpo; otros pensaron que lo habían pasado de la tumba a otro lugar; e incluso dos corrieron eufóricos para corroborar la tumba vacía, pero solo uno de ellos creyó. Algunas mujeres que creyeron fueron tomadas como “locas”, considerando invenciones de espíritus desesperados. A pesar de los testimonios, los corazones aún seguían oscuros en la duda.

Reunidos como niños abandonados, en un recinto secreto y solitario, aquellos hombres percibían el frío de la más trémula soledad. Meditabundos y tristes, probablemente pensaban que todo había terminado y que ya nada se podía hacer. El que les impulsaba y dirigía ya no estaba con ellos. Pero en ese pesimista cuadro de soledad, estando ellos sentados a la mesa, en medio precisamente de todos, aparece Jesús, irradiando la más inexplicable calidez de espíritu, alma y cuerpo. Allí vieron a su fallecido Maestro resucitado; allí, precisamente donde Jesús se inclinó días antes para lavarles los pies con profunda humildad y sencillas, estaba erguido el más Poderoso y único Suficiente, radiando luz y gloria como jamás la habían visto. Los ojos atónitos de estos discípulos se agrandaron bajo dudas, incongruencias y temor: El que había muerto realmente había resucitado como prometió. No solo pudieron creer las palabras de Aquel Hombre perfecto, pudieron sentir las hondas del poder divino llenar aquel humilde y solitario recinto. No puedo imaginar como sus corazones tuvieron tal emoción y perplejidad; no es posible describir el inmenso gozo y mezcla de emociones pudieron pasar por todo el ser de aquello sencillos discípulos. “Ha resucitado”, como dijo el Señor.

El corazón del hombre es tan duro, tan muerto, que solamente el dulce llamado del Maestro puede despertarlo: “¡Sígueme!”, era suficiente para que el espíritu más duro de los hombres cayera humillado ante ese Hombre. Y aunque habían hecho caso a tan dulce llamado, en medio de la prueba y del dolor, pareciera que el corazón perdía el brillo, y ya no podía reflejar la esperanza que tanto les enseñó el Gran Maestro. Caminaron con Él, vieron su poder y su compasión; experimentaron su poder cuando la restauración total de una mano seca, atrofiada e inservible, resultó visiblemente ante sus ojos; vieron a Lázaro, putrefacto por los día de muerto, volver a la vida completo y sano. ¡Habían visto a Dios caminar con ellos, pero ante la redención se sintieron abandonados! Su corazones se apagaron a pesar de tanta enseñanza sobre la manera en que Jesús redimiría al mundo; ¡qué cuadro más revelador del corazón del hombre!

Todos son fieles y fanáticos ante la religión, frente a sus dioses, frente a su herencia; pero son implacables ante la verdad, ignorándola o abandonándola cuando no satisface el egoísta corazón. Los hombre celebran la muerte y resurrección de Jesús, pero no creen en sus palabras. ¿Cuántas veces no se blasfema, se desprecia y se abandona a Dios solamente porque las cosas no salen como queremos? ¿Cuántas veces, al igual que estos hombres, desfallecemos porque pareciera que Dios se ha ido? Olvidamos sus palabras: “Yo estoy con vosotros todos los días…”; olvidamos su verdad: “Bástate mi gracia…”; llegamos a sentir sin valor su Palabra: “La palabra del Dios nuestro permanece para siempre…”.

Los discípulos necesitaron 40 días de visitas del Cristo resucitado para afirmar su fe; una experiencia de confirmación; nosotros necesitamos igualmente más tiempo con Dios, más horas con la Biblia, más asistencia a la iglesia. Necesitamos acercarnos, con sencillez, reconociendo nuestra debilidad y nuestra falta de fe, para pedirle a él que nos guíe. No podemos esperar experimentar a Dios en nuestras vidas si no leemos la Biblia y la meditamos con anhelo; jamás podremos crecer si no oramos, si no obedecemos. Jamás podremos ver al Infinito Dios mostrarse en nosotros si nos mantenemos bajo una religión, siguiendo una tradición e ignorando las Escrituras. Este mundo está lleno de muchas tradiciones, católicas y protestantes, tradiciones que satisfacen momentáneamente el corazón ciego y obstinado, pero que que siguen dejando vacío el espíritu del hombre, sin saber la magnitud de su pecado, la profundidad de su maldad. Y los creyentes, en su descuido de estudio bíblico, en su falta de oración y en su negativa a obedecer a Dios están llenos de fría soledad, de aislamiento voluntario, de consecuencias de los pecados….

Ya es tiempo de volver a las Escrituras y es tiempo de comenzar a obedecer, creyendo y confiando en las Palabras del Salvador; porque si Él cumplió su promesa de resucitar de los muertos, ¿cómo no cumplirá su promesa de llevarnos seguramente al cielo solamente por creer en su Nombre? Si usted es hijo de Dios, ¿por qué no tiene paz en su corazón? Él dijo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy…”.

Sin embargo, déjeme preguntarle:

¿Es usted salvo? ¿Entiende que significa ser salvo? ¿Ha experimentado el gozo de la nueva vida? ¡Ojalá que no sea que se cambió de religión! Si no tiene la seguridad de la salvación, si tiene temor de morir y no saber a donde va; si piensa que sus buenas obras le llevarán al cielo, le invito a creer en el Hombre que resucitó de los muertos; a creer en Jesús, el Hijo de Dios, a recibirlo en su corazón por la fe. Hoy es el día, mañana no sabemos. “Mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su Nombre” (Juan 1:12).

Lea, estudie y practique la Biblia

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