Contando Nuestros Días

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“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, Que traigamos al corazón sabiduría.” (Salmo 90:12).

El 10 de mayo es el 130º (centésimo trigésimo) día del año del calendario gregoriano y el 131º en los años bisiestos. Quedan 235 días para finalizar el año. Tan específico es nuestro tiempo, y tan corto. La necesidad de saber manejar nuestros días y nuestro tiempo es imperativo. La vida se va rápido y no regresa atrás ni un solo instante. Vemos de reojo por encima del hombro y no podemos creer el largo trecho que hemos caminado. El tiempo, como el corazón, no cesa de latir hasta que llegue su final.

La vida está establecida para todos, y esto incluye nuestro universo temporal. Todo un día dejará de existir. Y es donde deberíamos ser sabios, pues, aunque el universo podría seguir existiendo millones de años, ¿de qué nos sirve? A duras penas alcanzamos los 90 años, arrastrando con ellos todas las consecuencias de un cuerpo cansado y agotado; pocos logran vivir muchos años sin sentir profundamente los vaivenes del cuerpo físico.

¿Hemos contado bien nuestros días? Una persona promedio vive entre 80 y 90 años, esto significa que la vida se divide en 30 años de preparaciones para vivir lo que reste: iniciamos la vida aprendiendo las cosas básicas, para luego entrar a aprender las cosas necesarias para tener una vida “próspera y exitosa” de tan solo 40 años, porque a partir de los 30 solo nos quedan 40 años para alcanzar los complicados 70; donde Dios nos da la oportunidad de pensar qué hicimos y qué logramos en la vida que, por más que nos duela, está escapando de nuestras manos. ¿Cómo hemos contado el tiempo? ¿Cómo hemos medido la edad? ¿Qué hemos visto como éxito?

Dice el Salmista que debemos contar de tal manera que “traigamos al corazón sabiduría”. Muchos han vivido sin contar de tal manera que haya alcanzado sabiduría. Toda la vida vivió procurando tener más, tener ahorros, tener bienes y propiedades; se han esforzado por demostrar cuán exitosos son; y toda esa vida de trabajo y esfuerzo se logra ya con una edad alta, y cuando dice: “Ya logré, ahora sí soy exitoso; tengo propiedades y bienes”, su edad ha ensordecido el oído del sentido común, y no escucha al Dador de la vida diciendo: “Pero… mañana vienen por tu alma”. La vida ya se ha ido, nadie la podrá detener ni un suspiro.

Otros, no obstante al decaer de la sociedad, han contado de tal manera que sí han traído sabiduría al corazón, dedicando tiempo a la oración, al estudio de la Palabra y a la práctica de ella. Son personas que aman, que perdonan, que buscan el bien de otro, que no sienten apego al materialismo ni ven las riquezas como el fin de todo el esfuerzo humano. Han trabajo, no por la comida que perece, sino por la que a vida eterna permanece; han recibido no solamente la salvación del alma, sino la santificación del ser íntegro el ser guardados completamente para el Señor.

Los que son necios, piensan en cómo satisfacer y alcanzar los deleites personales y egoístas; satisface cuanto anhelo sexual, económico o alimenticio desean; se emborrachan, se pierden en sus placeres; y olvida que un día morirán, que es inevitable. Otros, se escudan en el más torpe engaño, suponiendo que al morir todo acaba, aunque nadie puede afirmar que halla o no vida después de la muerte física. Mientras que los que rechazan la vida más allá de la muerte viven siempre en un fatalismo de que nada sirve, los demás, pocos ciertamente, viven confiados en lo que dijo el único Hombre que sí volvió de la muerte para no morir jamás… nadie sabe por sí mismo que hay más allá de esta vida, pero Dios ha dicho a los suyos lo que sí hay, tanto del lado del bien como del tenebroso y ardiente cadalso de dolor. Pensr en nuestros días, y buscar la sabiduría acerca de ello, es considerar incluso lo que es, desde la perspectiva humana, lo más conveniente para nosotros.

¿Qué nos conviene más, sino el ser librados de este cuerpo mortal? Porque vivimos sujetos a la muerte cada día, porque la enfermedad, el riesgo de accidente, el temor de que todo se detenga, nos lo recuerda cada día. ¡Hasta el dolor de muela nos dice que todo tiene un fin catastrófico! ¿Qué tan sabio hemos sido con nuestros días y con nuestras vidas? Porque los que hemos creído en Cristo ya no nos preocupa esta vida; ya no es importante si tenemos muchos o carecemos de la mayoría; ya no es necesario nada de esta fútil vida, porque esperamos la porvenir. Un día nuestros ojos (que quizá en algún momento desaparecerán por la muerte) resucitados gloriosos, verán la hermosa Playa Celestial, cuando el Señor, con brazos abiertos nos dará la emotiva bienvenida: “Venid, benditos de mi Padre…” ¡Qué glorioso será ese día, cuando los malvados e intransigentes quedarán separados para siempre de los salvados y redimidos! Nunca más escucharemos las quejas, la arrogancia, el interés por lo material… habremos sido libertados de todo este dolor llamado éxito, y entraremos realmente victoriosos ante las moradas eterna.

¿Ha ahorrado para la vida eterna? ¿Tiene sus tesoros guardados en el cielo? ¿Qué tanto ha alcanzado como para sentir satisfacción de haberse enriquecido en los cielos? Por que tendremos una paga de todo cuanto hagamos, sea bueno o sea malo.

Lea, estudie, y practique la Biblia.

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