Respóndeme, Dios de mí Justicia

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“RESPÓNDEME cuando clamo, oh Dios de mi justicia: Estando en angustia, tú me hiciste ensanchar: Ten misericordia de mí, y oye mi oración” (Salmos 4:1).

La exclamación más común del creyente afligido es la respuesta pronta; la paciencia no es una virtud humana, especialmente en asuntos de dolor, enfermedad o pérdida. El salmista clama ansioso sobre la respuesta divina; ya que es común que cuando estamos en problemas, parezca que Dios no nos escucha. Sin embargo, el salmista es consciente de la provisión divina en medio de la angustia, porque afirma que “me hiciste ensanchar”. En el contexto del salmo, ese ensanchamiento ocurre en medio de la infamia que los hombres le propinan al salmista; frente a los hombres él es un infame, a pesar de que ellos vieron que realmente era honorable. La impiedad conduce a hacer daño a aquellos que son honorables, sea por envidia o por simple maldad. Siempre habrá hombres impíos entre nosotros.

Pero el salmista sabe que Jehová está de su parte, que el Dios maravilloso le cuida. Por esta razón poderosa, confía que su clamor de recibir la respuesta es un clamor válido, que descansa en la paciencia de Dios y no en la suya propia; sabe que “Jehová hizo apartar al piadoso para sí”, y por esto, “Jehová oirá cuando yo a Él clamare”. En la impaciencia natural del corazón humano, la paciencia divina llega a dar fortaleza y confianza. Desesperamos, pero Jehová tiene el control. Por esto, aunque está en angustia, el salmista urge a los impíos a arrepentirse, a buscar la justicia y a confiar en Jehová. Ante la incertidumbre del impío para saber quién podría mostrarles lo que es correcto, el salmista reconoce que es el “rostro” de Jehová la que nos da luz. ¡Maravillosa verdad que en Cristo se hizo patente para todos cuanto creen en Él! “Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida” (Juan 8:12). El salmista no pudo experimentar la presencia permanente del Espíritu Santo mediante la fe que es en Cristo; fue salvo mediante la fe en un sacrificio aún no realizado; nosotros, no obstante, no miramos un futuro lejano esperanzador, miramos un pasado confiados, llenos de esperanza segura y fiel de las promesas de Dios.

En el verso 7 del salmo, el salmista habla que la alegría que Jehová le ha dado al corazón supera con creces todo beneficio de prosperidad y abundancia material que pudieran tener los impíos. No importa que tanto prosperen, no importa que tanto tengan… Jehová es nuestra alegría y nuestro gozo sin fin. En tanto que a los impíos los impulsa a pensar en sus camas, en medio del trasnochar preocupado (v. 4), él afirma que se acostará en paz, debido a que Jehová es su confianza, y solamente Él le dará el descanso físico auténtico.

Cuando venga la angustia a su corazón, y la presión de las cosas “negativas de la vida” parecen cubrirlo en su totalidad, deténgase un poco y medite: “¿Dónde está la confianza de su corazón y en quien confía su alma?”. Cuando meditamos en Aquel que murió y resucitó para no morir jamás, la luz lejana de la promesa eterna refleja los destellos de nuestro bien en Cristo; al observar las promesas que Jesús nos ha dado, las promesas que Él nos ha prometido, y verlas por la fe en la playa eterna, con la luz del Sol de Justicia y la paz de su amor, nuestros corazones encuentran un suspiro de profundo agradecimiento. Entonces podremos decir con la confianza más sincera: “Jehová me oye cuando yo clamo a Él”. De seguro que nuestras comisuras reflejarán la más sencilla, profunda y sincera sonrisa.

“¡Oh Jehová, Señor nuestro! ¡Cuán glorioso es tu Nombre en toda la tierra!”. Cuando miramos a Cristo, entendemos a Dios actuando en nuestras vidas. Descanse en Él; “echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque tiene cuidado de nosotros”; “echa sobre Jehová tu carga, y Él te sustentará”. Si tu corazón clama por paz, si clama por una respuesta a una petición, y parece que el mal crece pero tu voz se ahoga en la penumbra de la impiedad mundana, alce sus ojos, mira la Luz de Aquel que le ama, del que murió por ti, del que ha dado todo para que seas triunfador, porque “somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó”.

Lea, estudie y practique la Biblia.

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