Guarda mi Alma

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“Mira mis enemigos, que se han multiplicado, Y con odio violento me aborrecen. 20 Guarda mi alma, y líbrame: No sea yo avergonzado, porque en ti confié” (Salmos 24:19-20).

Cuatro palabras escalofriantes que aparecen en este Salmo nos hace reflexionar sobre la realidad de nuestra vida: enemigos, multiplicado, violento, aborrecen; y no es para menos. No hay cosa más espantosa que ser el centro del odio de alguien, y eso se multiplica cuando es un grupo de personas o una nación que llegan a aborrecer a otros sin ninguna causa. Tenemos actualmente el sentido de odio a las puertas; lo llaman “derechos humanos”. Con la premisa de defender derechos humanos, los cristianos perdemos los nuestros.

El socialismo y el comunismo son dos entes religioso-políticos que buscan deificar al hombre, y quitar a Dios de en medio. ¡Oh, cuánto se han multiplicado! Y como movimiento espiritual, estas ideologías apelan a la pura humanidad, que viene con el pecado y la terrible maldad. Los cristianos somos “aborrecidos con odio violento” por nuestra fe, y cada vez tenemos a los poderosos contra nosotros.

El ruego nuestro ante Dios no es principalmente el que Dios detenga esa maldad que nos va cubriendo; porque es parte del ser humano sin Cristo. Nuestro principal ruego es que guarde nuestra alma, que nos libre, que no seamos avergonzados. “No temáis a los que matan el cuerpo…”, dijo el Señor, ya que la violencia del pecado tarde o temprano aflora sin tapujos. La creciente del río aumenta, y con ella los escombros y la suciedad que acumula… del mismo modo la maldad se acrecienta cada vez más. Y no es de extrañar que muchos de los que predican elección incondicional al mejor estilo reformista, se unan a esa corriente, tal como sucedió en Alemania, Inglaterra y otros países claramente absorbidos por la maldad del hombre; ya que al no tener autoridad bíblica sobre las personas, no saben quien es salvo y quien no; ellos no pueden ver “frutos dignos de arrepentimiento”. Pronto veremos a nuestros compatriotas protestantes uniéndose a la causa de la igualdad de género.

El salmista, confiado, dice: “porque en Ti confié”. Descansamos en Dios, en sus promesas y en su seguridad en Cristo; vivimos confiados que la vida o la muerte son ganancia para nosotros. No tenemos pérdida alguna; tenemos la victoria completa en Cristo. No somos muchos fuertes, ni muchos poderosos, ni muchos nobles… pero somos portadores de un tesoro en cada vasija de barro, para que la gloria sea de Dios y no de los hombres.

Confiamos y esperamos que en un momento Dios nos dé la explicación de porqué permite el mal ahora, el crecimiento de tanta perversión. ¿Será acaso que no somos lo suficiente fieles en el testimonio que debemos dar como creyentes? ¿Será que hemos llenado las iglesias de buenas personas pero de muy pocos convertidos? ¿Será que hemos adoptado la falsa música pseudo cristiana en lugar de adorar a Dios en espíritu y en verdad? ¡Cuántas malas palabras de la boca de un creyente cuando va a un simple juego de bola! ¡No hay compasión ni hay bondad en ello! Y otros, adoptando prácticas religiosas de otras culturas, desde el yoga, la oración musulmana, la plegaria repetitiva, la declaración positiva.

Los que han sido redimidos y salvados son los únicos que entienden la verdad de Dios y pueden decirle: “porque confié en Ti, Señor”. ¿Entendemos que significa confiar en Él?

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