Creó Dios al hombre…

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“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 2:27).
 
La Biblia da por un hecho el origen y propósito del ser humano en la tierra. Es la Biblia quien puede responder a las preguntas: “¿Quién Soy?”, “¿Por qué estoy aquí?”. El primer principio material de la creación humana es que el hombre fue creado para “labrar la tierra” (Gn. 2:15), un acto de obediencia y sustentamiento. El ser humano fue creado libre, apto para tomar decisiones y útil para la gloria de Dios. Pero Dios no hizo al hombre solamente para que se reprodujera y pensara en sí mismo; Dios creó al hombre para su gloria, para que el hombre amara a Dios sobre todas las cosas (Dt. 6:5).
 
No obstante, el hombre se desvió, extraviándose hasta el punto de sacar a Dios de sus vidas y centrarse en la perversión innata a su ser pecaminoso (Ro. 1). Adán pecó libremente, y por su decisión, todos sus descendientes nacen bajo el yugo del pecado. Pero de la misma manera que el pecado de Adán fue libre y voluntario, la reconciliación es igualmente libre y voluntaria. La salvación pertenece a Dios y solamente Él puede darla; pero ha determinado que el hombre pecador, iluminado por el Espíritu Santo, sea quien decida, libre y voluntariamente por recibir a Jesús, quien es la salvación de todos los hombres (Juan 1:12).
 
Nunca jamás Dios elegirá a alguien para condenación; cada uno, de su propio rechazo, recibe la consecuencia debida a su extravío. Tanto el evolucionista que rechaza la existencia de Dios ante tanta prueba, cegando sus ojos solamente a lo que las teorías dicen, del mismo modo el calvinista se centra en las filosofías de Agustín de Hipona, o el Arminiano en las enseñanzas de Jacobo Arminio. Y de tal manera que un evolucionista es un hermano del comunismo ateísta, del mismo modo lo es un arminiano de un calvinista. Un aglomerado filosófico que no tiene nada de Biblia… porque al igual que el comunismo y el socialismo usan la Biblia a su conveniencia, lo hacen las dos ramas más grandes de la teología protestante. Se enfrascan en discusiones teológicas que no salvan a nadie.
 
El mensaje del Evangelio es la salvación en Cristo; es la vida otorgada por Dios libremente a un ser humano que libremente comprendió el mensaje de la salvación. Somos salvos por la fe en Cristo, y eso es suficiente. Somos salvos por pura gracia, ya que la fe no cuenta como obra, porque no es una obra. La Biblia enseña que el Espíritu Santo convence y que es Dios quien salva; pero igualmente enseña que es el hombre responsable de escuchar y aceptar el Evangelio.
 
Esto nos lleva a un punto práctico, porque al igual que un teólogo moderno no escucha razones, sujetándose y defendiéndose en sus filosofías, del mismo modo muchos creyentes siguen viviendo sus vidas desde un punto de vista meramente humano. ¿Debe un creyente renunciar a su trabajo cuando este demande una decisión que afecte sus convicciones cristianas? La respuesta es obvia. Pero muchos intentan vivir la vida al límite más extenso posible; pero en Dios el Sí es Sí, y el No es No; no existe el Tal Vez o el Quizá… o somos fieles o no lo somos. La ruda lucha surge cuando en obediencia al Evangelio se debe dejar trabajo, hogar y amigos por causa del Evangelio.
 
Somos eternamente salvos; pero eso no nos exime de la responsabilidad individual de ser fieles. Somos salvos, pero somos responsables de seguir a Jesús y dejar todo aquello que impide serle fiel. Esto incluye no solo el trabajo, sino la iglesia donde se asiste, si esta no apoya, ni sigue ni respeta la Biblia. No importa que tanto se ame una denominación, si ésta pierde el rumbo, debemos alejarnos de ella. Dios nos llama a predicar su Evangelio, pero cuando condicionamos su mensaje para no caer mal, para evitar problemas o para no ser señalado o perseguido por la fe, estamos tomando el rumbo equivocado. La verdadera valentía surge cuando confiamos en Dios, creemos en sus mandamientos y obedecemos sus leyes. No por nada el cristianismo de los países comunistas ha demostrado el coraje y la resistencia pacífica de creyentes en medio de la persecución. Solo basta con leer “Torturado para Cristo” para darnos una idea de lo que muchos han sufrido por la fe en Jesucristo.
 
Pablo, hablando a una comunidad cristiana con los beneficios nuestros, dice: “Reducid, pues, a vuestro pensamiento a Aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que no os fatiguéis en vuestros ánimos desmayando. Porque aun no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado: Y habéis ya olvidado de la exhortación que como con hijos habla con vosotros, diciendo: Hijo mío, no menosprecies el castigo del Señor, Ni desmayes cuando eres de Él reprendido” (He. 12:3-5). El “castigo” del Señor no es una enfermedad, es cuando luchamos contra la opresión por la desobediencia a su Palabra. Cuando el cristiano comienza a sufrir persecución de su propia Patria, significa que no ha hecho bien su labor, que algo ha hecho falta, que no ha habido la correcta y sencilla santidad. No hemos luchado hasta la sangre, y ya están olvidando la exhortación de Dios… al llegar la prueba, muchos se ocultan tras bambalinas para evitar conflictos. Si estamos firmes, ciertamente que enfrentaremos el mal y nos aferraremos al bien.
 
Debemos orar intensamente, buscando el rostro y la santidad de Dios; debemos estudiar con detenimiento las Escrituras, para obedecer y ser librados. La persecución es necesaria, pero cuando viene es por causa de algo que desobedecemos como pueblo. La iglesia de Jerusalén tuvo que ser dispersada para que cumpliera la Gran Comisión… predicar es la opción, llevar el mensaje nuestra bandera.
 
¿Qué tan dispuesto está el corazón para serle fiel solo a Él?
 
Lea, estudie y practique la Biblia.

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