Cuatro Principios

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“Reconoced que Jehová él es Dios: El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos. Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado” (Salmos 100:2).

El llamado del salmista no carece de sentido. ¿Se ha preguntado usted alguna vez por qué vive en este mundo y cuál es el propósito de la vida humana? Y sin importar el nivel social, o la educación, o nivel académico, la mayoría podría estar de acuerdo con que el dinero es un medio, y nunca un fin; que la educación jamás podrá satisfacer y realizar al hombre; que el placer es una esclavitud cuando se utiliza incorrectamente, y que el verdadero éxito es ser feliz e integral en la vida. ¿O será inverso el sentir de la mayoría de las personas?

Dios ha planeado que cada persona encuentre su realización personal y absoluta en alcanzar tres metas en la vida: reconocer a Dios; reconocernos a nosotros mismos y reconocer la sociedad a la cual pertenecemos. El reconocimiento de Dios, aunque sea un reconocimiento parcial, es clave en la felicidad humana. Cuando por razones personales, de experiencia o de conflicto decidimos rechazar a Dios, el corazón no se hace mejor, se hace cada vez más insensible a los otros dos factores. Ya no es importante saber quienes somos, ni de donde venimos; cualquier teoría será suficiente para satisfacer, momentáneamente, nuestra inquietud. Del mismo modo, conforme avanza ese desconocimiento de Dios, se inclina la persona a no considerar la sociedad como el medio por el cual los principios morales y social deben ser sostenidos, y se procura destruir toda moral en la sociedad para satisfacer la necesidad de ser algo en las personas. Un dictador no es un hombre de poder, es simplemente un hombre que no sabe quien es, ni por qué está en el mundo; es una persona incapaz de entender que la existencia tiene origen, desarrollo y tiene fin.

Para reconocer a Dios, Dios ha designado cuatro pasos para alcanzarlo. Pero estos cuatro pasos están solamente en la Biblia. Por eso, en la edad medieval, la llamada “era oscura”, el fattori determinante no era la falta de comprensión, sino la persecución a todo aquel que fuera “religioso”. Aunque había una religión oficial, era prohibida la libertad de pensamiento; un principio social-comunista ejercido de forma evidente, muy contrario al principio social-demócrata que algunos profesan. Sin embargo, cuando el anhelo es prohibir aquello que nos afecta, contra la voluntad de otros, es una mordaza nauseabunda de impedir el desarrollo espiritual de muchos. Porque el primer “objeto” en ser prohibido y perseguido, junto con la libertad de pensamiento, es la Biblia. Y sin ella, es imposible entender los cuatro pasos divinos de libertad.

El primer paso que la Escritura revela acerca del hombre es su creación. Cuando nos acuñamos a las teorías evolucionistas con el objetivo de tener “otra opción” al universalmente aceptado “creacionismo”, solamente nos pasamos de acera, de un Dios a otro. En el primer caso, el Creador es una persona, racional e inteligente, amorosa y que tiene un carácter santo; en la otra, el creador es la materia, surgida por el azar, gracias a una suerte cósmica desconocida que produjo un orden a partir de un desorden explosivo. Se requiere más fe en creer en un origen por casualidad que en un origen por parte de una Mente Eterna. Dice la Escritura que fue Dios quien hizo todo, incluyendo a cada uno de nosotros (Gn. 1:26-27). Y nos hizo con el objetivo de ser receptores de Su gracia o de Su ira (Ro. 9:23-24). Por eso, nos hizo similares a Él: tripartitos, con espíritu, alma y cuerpo (1ª Ts. 5:23).

Esto significa que el ser humano está incompleto sin la presencia de su Creador; no tendrá gozo, ni tampoco realización real y duradera. La vida pierde sentido. Sin la presencia del Creador no hay nada que hacer. Fuimos creados para contener a Dios, pero el pecado nos vació de Él, al punto de que la humanidad está hueca, es necia.

El segundo paso que da la Escritura es la realidad humana. El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, ha caído, y su caída le ha hecho miserable. Un creyente es salvo, pero no podrá dejar de luchar con su propio yo hasta que muera. Por causa del pecado, el hombre no puede hacer lo que Dios desea; a causa del pecado, la voluntad humana está atrofiada, arruinada, y necesita de auxilio para poder recrearse. La paga que le ha dado el pecado al hombre es la muerte (Ro. 6:23). No hay vida sin el Creador; no hay realización alguna sin la Fuente de la Vida. Esta es la realidad de la humanidad. No solamente debemos reconocer a Jehová como Dios, sino que debemos reconocer que Él nos hizo con un propósito, y que el hombre en su pecado, se apartó de Él, quedando condenado, y que solamente por medio de Jesucristo, nuestro Dios y Salvador, podremos ser salvos. Sin ese reconocimiento no hay objeto en creer y aceptar que existe un Creador. Aunque podemos alcanzar un nivel espiritual tolerable al reconocer la existencia de Dios, no podemos alcanzar a ese Dios sino solamente por Jesucristo. No hay forma de ser salvo sin la fe en Jesucristo.

Aunque nos refugiemos en la doctrina de una elección incondicional, no habrá seguridad sin la fe en Jesucristo; no habrá salvación sin Él. A ningún creyente le gusta ser codicioso, arrogante, jactancioso, irritable, licencioso o concupiscente, pero es una realidad que muchos cristianos luchan con esto, o simplemente se han dejado dominar porque no saben como ser libre. Eso es “pecado”, una transgresión de la Ley de Dios… ¡cuánto más grave será la condición del perdido sin Cristo! Dios dice que todo inconverso está muerto en su delito y su pecado (Ef. 2:1), que es extraño y enemigo de Cristo en su mente (Col. 1:21), cuyo rey de su vida es y será el pecado (Ro. 6:12). Si una persona no puede vencer el pecado, si no puede entender la victoria en Cristo, no es salvo. No hay esfuerzo propio que pueda salvarlo; nadie puede salvarse a sí mismo. La educación, la ética, los rezos, la religión… son obras sin valor alguno para la salvación. Nadie puede alcanzar la santidad y justicia necesarias para ser salvados. Que triste condición.

El tercer paso que la Escritura menciona para reconocer realmente a Dios en nuestra vida, es la redención en Jesucristo. En Jesús, el Cristo de Dios, está toda la plenitud divina (Col. 2:9), es decir, Jesús es Dios hecho carne, por lo que Él es Dios en todo sentido, no solo espiritual, sino físicamente. Es la única forma física en que Dios se manifestó (Juan 1:1, 14). Él es el Dios completo y el hombre completo… no es un híbrido, es absoluta y completamente Dios, y absoluta y completamente hombre. ¡Jesús es Dios! ¡Jesús es Dios encarnado, es Dios en carne! Por eso, Jesús pudo decir: “el que me ha visto a mí (físicamente), ha visto al Padre”.

Este Dios encarnado es el que muere en la cruz. Solamente por medio de ese sacrificio sustitutivo podemos ser salvados del pecado y de nuestra lejanía de Dios. Solamente Jesús puede quitar el pecado del mundo (Juan 1:29). Fue necesario que Jesús fuera levantado en una asta en cruz, al igual que la serpiente que levantó Moisés (Juan 3:14), y tuvo que morir en su cuerpo físico para cargar el pecado de todos nosotros (Is. 53:6). Por su muerte Él ha quitado el pecado del mundo; por su muerte el mundo puede ser salvo. Por su muerte cada persona que crea en Él tiene vida eterna. No es un elemento emocional, sino real y auténtico. El pecado no se salva diciendo una oración, ni poniendo cara de tristeza; el pecador debe entender la muerte física de Jesucristo, y creer en Él. Se debe creer que la muerte real e histórica de Jesús es la que imparte vida; que es el derramamiento real y físico de Jesús el sacrificio perfecto por nuestros pecados. Debido a que ya el tiempo en que Jesús pagó los pecados es muy distante de nosotros, debemos entender que la aplicación real de este sacrificio es por vía judicial, y es el Señor el que, en su carácter de Juez, nos justifica, aplicando el sacrificio de Jesús a nuestras vidas por la fe. La fe es la confianza absoluta, no ambigua, sobre el sacrificio de Cristo.

El cuarto paso que Dios revela en su Palabra para reconocer a Dios en nuestras vidas es el nuevo nacimiento, o regeneración. Debido a que el hombre fue creado para contener a Dios, pero por su pecado fue vaciado de Dios, quedando hueco y necio, Dios necesita redimir mediante la sangre derramada del Señor Jesús, “porque sin derramamiento de sangre no se hace remisión de pecados” (Ef. 1:7). La “remisión”, es decir, el “remitir a Jesús” nuestros pecados, es la única forma de ser salvado. Jesús pagó toda deuda de pecado pasada, presente y futura. Él ha provisto para todos la salvación, y su sangre es suficiente para “quitar el pecado del mundo”. Es decir, no hay un solo pecado que la sangre del Hijo de Dios no pueda perdonar y quitar. Pero ese perdón no se puede otorgar sin el cumplimiento de las condiciones divinas: arrepentimiento de pecados y fe en el Nombre de Jesús. La salvación es solamente posible cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y confesamos a Jesucristo con nuestra boca. Esto nos lleva a cuatro pasos bíblicos que demuestran nuestra salvación en Jesucristo:

  1. Arrepentimiento. Es el acto por medio del cual entendemos un error, y tomamos una actitud madura para cambiar nuestra manera de pensar, y volverse a Dios. No es remordimiento, ni tampoco es enmendarse a Dios o pagar una penitencia. Es el cambio de mentalidad que reconoce que es pecador, que es imposible salvarse a sí mismo, que el infierno es real para los pecadores y que solamente Jesucristo puede salvarlo. Esta es la proclama de Jesucristo mismo: “Arrepentíos…” (Mat. 4:17).
  2. Creer. El creer es la absoluta confianza, sin duda alguna, sin ambigüedad, en un acto, un hecho o una persona. Pero no solamente es la absoluta confianza, sino que incluye de forma conjunta el “recibir”. Cuando persona cree en Cristo, no solamente confía plenamente en Él como Salvador y descansa en la verdad de su sacrificio; sino que también lo recibe. Así, creer es tener una confianza tan firme en alguien, que lo recibe incondicionalmente. “Mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Juan 1:12).
  3. Confesar. Confesar es estar tan de acuerdo con alguien, que se habla de Él de forma convincente y honesta. Confesar es aceptar que otro tiene razón en todo cuanto a nosotros, y por tanto, estamos dispuestos a renunciar a lo nuestro para recibir de aquel todo lo que nos dice y hace. Un verdadero creyente no cree y se queda en silencio; no existen cristianos auténticos que hayan creído pero que no hayan confesado. No es posible que uno se diga cristiano sin haber confesado públicamente a Jesucristo. Si aún sigue en la falsa religión o en el vicio, no es salvo. El que cree confiesa (Ro. 10:9), y su confesión va acompañada de “frutos de arrepentimiento”. La confesión es el acto voluntario de una persona que reconoce que no puede ser salva, pero que Dios en Cristo le ha salvado por gracia.
  4. Bautizarse. Por último, una persona que dice ser salva, se bautiza. No es cierto que una persona se salve y nunca sienta el deseo de obedecer a Dios. Una persona que confiesa a Jesucristo como Salvador deseará obedecer, y por ello, tomará el primer paso de obediencia, que es el bautismo en agua. Sin excusa, sin argumentos en contra… solamente quiere obedecer: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Mr. 16:16). El bautismo no salva, pero todo salvo se bautiza. Nosotros no tenemos “evidencias” de un salvado más que su obediencia a Dios. A la iglesia nadie puede hacerse miembro sin el bautismo bíblico; un bautismo por arrepentimiento, por conversión. El que se bautiza en agua testifica que ha muerto al pecado, que ha sido sepultado a él, y que ha salido a novedad de vida (Ro. 6:4). Si alguien dice creer, amar a Dios, pero no se bautiza, entonces tenemos a una persona que no ha creído realmente; tenemos a alguien que desea que Dios cambie, y en esto, se evidencia que no ha creído. Porque “Si puedes creer, al que cree todo es posible” (Mr. 9:23), y no le será impedimento alguno el obedecer.

Por favor, ore a Dios pidiendo el perdón de sus pecados, aceptándole como Salvador y bautizándose. No haga oídos sordos al llamado de Dios si usted, viviendo años en el cristianismo, no ha sido bautizado o fue bautizado por aspersión o efusión; reconozca su necesidad de bautizarse bíblicamente. Si no tiene a Cristo en su corazón, puede hacer una sencilla oración a Él; si no sabe que decir, la siguiente oración de ejemplo le podría ayudar:

“Señor Jesús, yo soy pecador. Reconozco que he pecado contra ti, que te he ofendido, y que soy merecedor del castigo por mis pecados. Te ruego que apliques a mi vida la redención de Cristo, que quites mi pecado y me perdones con tu gracia.

“Señor Jesús, te recibo como mi Salvador, me entrego a Ti honestamente. Y como tu hijo que te recibe por la fe, obedeceré tu Palabra, seguiré tus pasos. Buscaré una iglesia bíblica, sana, que predique tu Evangelio y defienda tu Palabra. Me bautizaré bíblicamente, tal como se enseña en tu Libro. En el Nombre de Jesús, Amén.

Amigo, espero que ahora tenga claridad sobre el misterio de la vida humana, y espero que las Palabras de Dios hayan alcanzado su corazón. ¡Que el Señor le guíe en encontrar una iglesia bíblica, bautista, de sana doctrina!

Si desea crecer en el conocimiento de Dios, háganoslo saber, y con gusto le enviaremos un curso bíblico de formación doctrinal bautista para su crecimiento espiritual. Testifique a otros de su decisión y predique de Cristo a toda criatura. Si creyó realmente en Jesús como Salvador, su vida comienza ahora.

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