Dios habla…

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“Y llamó Faraón el nombre de José, Zafnath-paaneah; y le dio por mujer a Asenath, hija de Potiferah, sacerdote de On. Y salió José por toda la tierra de Egipto” (Gn. 41:45).

Aunque José sufrió mucho con el desprecio de sus hermanos; Dios encaminó todo para el bien de una nación en desarrollo, llamada Israel. El nombre Zafnath-Paaneah, significa “Dios habla-Él vive”, aunque popularmente algunos prefieren traducir: “revelador de sueños”. El mismo texto de Génesis dice que, cuando José sube al trono de Egipto, recibe como esposa a Asenath, hija del sacerdote Potifera, de On, o Heriópolis. Según se puede encontrar en la historia, On era una ciudad fundada por nómadas, emparentados con los nómadas a los que pertenecía Jetro, el sacerdote de Madian, y suegro de Moisés; por lo que es muy probable que entre la pluralidad de dioses en Egipto, existía un grupo de personas que conocían al Dios verdadero, y por tanto, José se casa con una mujer de fe, no una pagana egipcia como algunos quisieran indicar. Y es probable que esa religión, junto a sus seguidores, fueran los “egipcios” que abandonaron su país para emprender el peregrinaje junto a Israel, mezclándose con ellos para siempre (Ex. 12:38).

Pero a pesar de su maravilloso don, este José albergaba un resentimiento profundo acerca de su familia, con el cual tuvo que lidiar. Cuando nacen sus primeros hijos, al primero le llama “Manasés”, que significa olvidar, y se refiere a una queja de José: “Dios me ha hecho olvidar… la casa de mi padre”; y a su segundo hijo le llama “Efraín”, que significa “fértil”, porque fue cuando él comprendió la bendición de Dios en Egipto, que no era para el mal de su gente (Gn. 41:50-52; 50:20).

La falta de observación es muy común, y ocurre que muchos piensan que José no lidió con el dolor y la depresión. Muchos creen que Moisés, Isaías, Jeremías, etc., no sufrían como nosotros. Pero la Biblia dice que ellos eran “sujetos a pasiones semejantes a las nuestras” (Stg. 5:17). No eran mejores, ni más fuertes, ni más honorables… eran seres humanos como nosotros, con debilidades, tentaciones, errores y pecados como los nuestros. La diferencia es que ellos eran obedientes, acudían al Señor por Su perdón y le creían a pesar de las adversidades.

El nombre “José”, en hebreo, significa “Jehová añade”; pero en Egipto, no por ser parte de una bendición, sino por ser un honesto servidor del Señor, recibe el nombre de “Dios habla, porque Él vive”. Nuestros nombres algún día serán cambiados; ya no llevaremos el nombre gentil, judío o pagano; tendremos un nombre que Jesús nos dará en una piedrecita blanca (Ap. 2:17). Pero al igual que José, debemos enfrentar el largo camino en este mundo. Como José, vendido a los Egipcios, nosotros somos “vendidos a sujeción del pecado” (Ro. 7:14), pero en medio de todo aquel camino retorcido de problemas, nos levanta completamente y nos da honra.

Nosotros sufrimos desencanto, dolor, aflicciones, enfermedades, rechazo, odio y burlas; pero nos espera el día en que Jesucristo vendrá y seremos libres de todo, para sentarnos “en los lugares celestiales” junto a Jesús, donde solamente Él será superior a nosotros.

Si tiene pruebas, angustias y dolor, alza los ojos, porque “nuestra redención está cerca”. Confía, que el Señor tiene cuidado de nosotros. A pesar de las luchas, como José, venza todo obstáculo en su vida, todo sentimiento negativo, llevando cautivo todo pensamiento a Cristo.

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