Zarza Ardiendo

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“Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía” (Exodo 3:2).

La experiencia de Moisés ante la zarza es causada por el milagro de que ésta no se consumiera. Pero el énfasis de la Escritura no es la “milagrosa zarza que no se quema”, sino la aparición del Ángel de Jehová. Es natural del ser humano ver el milagro e ignorar al que lo hace; Pablo dijo que “los Judíos piden señales, y los Griegos buscan sabiduría” (1ª Cor. 1:22), solamente los verdaderos creyentes buscan a Dios. Una vida sin Dios es una vida vacía, y todo espacio sin uso será ocupado por algo; por eso, el corazón humano busca llenarlo con experiencias.

Las experiencias no pueden determinar la voluntad de Dios, aunque esa experiencia sea muy agradable o milagrosa. La voluntad de Dios solamente está disponible y expresada en la Biblia. El campo misionero está lleno de experiencias, y poca Biblia. Los misioneros sucumben ante la experiencia en lugar de creer en las Escrituras. Pocos misioneros siguen la gracia del Evangelio, sostenidos por la fe.

La Biblia debe regular la experiencia, y nunca la experiencia debe interpretar la Escritura. Dios no miente; su Biblia es perfecta. Moisés se espantó ante la experiencia del Ángel de Jehová, pero aún así procuró interpretar a su manera la voz de Dios, y Dios se enojó con él por eso. La voz de Jehová se ha de cumplir tal como está escrita.

Vivimos en un mundo “cristianizado”, pero que realmente no es cristiano. Los cristianos leen la Biblia, la estudian y la meditan; luego, oran para ver el modo de ponerla en práctica. No obstante, en este mundo nadie lee la Biblia y la medita; y la experiencia está siendo colocada sobre la verdad, aunque la experiencia jamás podrá determinar la verdad. La prueba de algo se fundamenta en su realidad, del mismo modo que la prueba de la verdad depende de la realidad de las Escrituras; pero vivimos en un mundo de falta de criterio y convicción.

A Moisés lo atrae el “milagro” de que la zarza de no se quema. Es común en Israel ver zarzas ardiendo debido al alto calor del desierto; lo que a él le extraña es que no “se quema”. Cuando Moisés se acerca, su curiosidad del milagro segó la verdad del evento: Dios estaba allí. Cuando Dios se manifiesta le solicita que quite la sandalia de su pie, un acto que se le solicitó a Josué, identificando al Ángel de Jehová con Jehová mismo (Jos. 5:15), y el Espíritu Santo lo vuelve a recalcar en Hechos 7:33. ¿Por qué la orden de quitarse el calzado? La orden estaba de acuerdo con una costumbre bien conocida a Moisés, porque los sacerdotes egipcios la observaban en sus templos, y es observada en todos los países orientales, donde las personas se quitan sus zapatos o sandalias. Algo similar, pero no igual, hacemos nosotros al quitarnos el sombrero. Pero la idea oriental no es la misma que la occidental. Entre nosotros, quitarse el sombrero es una expresión de reverencia por el lugar donde entramos, o más bien por Aquel que es adorado allí, y por eso no usamos nada en la cabeza en un templo, o cuando oramos. Entre ellos, el quitarse los zapatos es una confesión de contaminación personal, y de una consciente indignidad de estar en la presencia de la santidad inmaculada. Jesús reafirma este concepto cuando lava los pies de los discípulos. En ese momento, cuando Dios habla con Moisés, es cuando él entiende su contaminación personal ante un Dios tan santo. Moisés no supo de su contaminación con la revelación, el milagro o la visión; lo hizo con las palabras de Dios.

El creyente es salvo, seguro, pero ignorante ante el Dios santo. Si no estudia la Escritura, si no escucha la voz de Dios, se acercará a él estando contaminado, sin percibir el terrible momento de juicio. La Palabra de Dios es la que nos santifica (Juan 17:17), y debemos escucharla con atención. No porque pensemos que algo es bueno, resulta bueno; somos como los topos, que caminamos cegados sin conocer la verdad, hasta que la luz del Evangelio nos alcanza y transforma.

¿Ha escuchado hoy a Dios? ¿Le ha hablado Jehová por Su Palabra? El Espíritu Santo, ¿le ha guiado a quitar esa sandalia de contaminación para arrodillarse delante de Jesús, nuestro Salvador y Dios? Cada día debemos empezarlo con la Biblia y terminarlo con la Biblia, orando a Dios para que nos guíe a ponerla en práctica.

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