Para esto te he levantado

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“Y a la verdad yo te he puesto para declarar en ti mi potencia, y que mi Nombre sea contado en toda la tierra” (Éxodo 9:16).
 
A la verdad el corazón del hombre es malo; solamente se requiere tener una convicción errada para estar dispuesto en hacer daño a otro, obligándolo a someterse a la “supuesta verdad” o “libertad” proclamada. El socialismo y el comunismo son hijos de estos corazones. Los movimientos pro-pecado, llamados de muchas formas hoy en día, son el resultado de un corazón torcido y perverso. Faraón es el mejor ejemplo. Sufrió diez plagas jamás acontecidas a una nación; vio cómo su país se iba a la miseria por su dureza, pero su orgulloso corazón le impedía ceder ante la devastación. Llegó incluso su gente, su propio pueblo, a rogar que dejara ir a Israel: “Entonces los siervos de Faraón le dijeron: ¿Hasta cuándo nos ha de ser éste por lazo? Deja ir a estos hombres, para que sirvan a Jehová su Dios; ¿aun no sabes que Egipto está destruido?” (Ex. 10:7). Sin embargo, el corazón sigo siendo endurecido “por Jehová”. Dios endureció el corazón del Faraón cuando éste miraba como su pueblo era destruido y los esclavos beneficiados. La maldad no solamente era un orgullo ciego, era una envidia enfermiza. Faraón no podía ceder al llamado de Dios porque su corazón era egoísta, envidioso y orgulloso. No podía tolerar que a los israelitas les fuera bien en medio de su esclavitud, y a ellos mal en medio de su “libertad”.
 
Así está nuestra sociedad moderna, llena de envidia, de odio, de rencor. Apelan al pasado y generalizan contra todo lo que se tilde de cristiano. El mundo tiene el corazón perdido del Faraón, y no conocen a Jesús, ni saben nada acerca de Él. ¡Qué terrible ignorancia y que terrible maldad en el corazón de una persona! Un día van a misa y comulgan; al otro van a pecar sin la conciencia de su maldad. Llenos de temor, de angustia y tristeza, llenos de odio y de rencor.
 
En Romanos 1:18-32 Pablo describe con elocuencia la sociedad romana de sus días, adorando a los animales (hoy le llaman “derechos animales”), adorando a las personas (hoy le llaman “Pride”), y adorando la perversión sexual (hoy le llaman “liberación”). Los versos 26-32 describen el mundo del homoseuxalismo, lleno de toda envidia, perversión, desprecio, desobediencia, ignorancia, ignominia, deslealtad, crueldad, cabezas huecas… Es un mundo sucio, vacío, pervertido y destruido. La Roma de la época de Pablo era increíblemente perversa, malvada y retorcida. Hoy la sociedad sigue presa del pecado que edificó a Roma, y por tanto, las manifestaciones de todo esto es concurrente e inevitable. Al igual que el Faraón, Dios ha permitido la existencia de estos hombres malos para demostrar en ellos Su poder y su gracia. Porque si bien es cierto que la maldad crece, también crece con ella los corazones sedientos, anhelantes y deseosos de encontrar a Dios. El comunismo impuso el ateísmo, y torturó y persiguió a todo creyente en algún dios; muchas religiones de China y Rusia desaparecieron en el tiempo más cruel del comunismo; pero el cristianismo floreció como la vara de Aarón; hoy, tanto Rusia como China están llenos de cristianos. En Venezuela, en todo su esfuerzo de destrucción, se levantó un grupo de creyentes que han demostrado cómo muchos venezolanos han encontrado al Señor Jesús gracias a la destrucción ocasionada por un gobierno cruel e inhumano.
 
Aunque rogamos que nuestros países no lleguen a semejante barbarie, esperanzados en la defensa del cielo, no obstante oramos por los que participan, en su ignorancia o en su conocimiento, de las actividades perversas de nuestras generaciones. Porque cuando ellos sepan a ciencia cierta lo que hacen, la maldad en la cual se están sumergiendo, y miren su destino inevitable, es muy probable que sea demasiado tarde para sus almas. Los presidentes, políticos y dirigentes que promueven todo esto necesitan de un Salvador; pero como el Faraón están cegados en su orgullo, prepotencia y egoísmo. No ven la necesidad del pueblo, solamente ven sus intereses. La mayoría serán como el rico, despreocupado e intolerante ante el pobre mendigo, que supo de su error cuando ya estaba en el infierno, sin esperanza ni solución.
 
Debemos pedir por los que se pierden; pero cuando deciden perderse, ¿para qué orar? Porque las decisiones son colocadas en el corazón. Debemos orar por nuestros hijos, por nuestras familias, porque si ellos no tienen a Jesucristo en su corazón, ¿cómo podrán defenderse ante la maldad? Los hijos de Israel confiaron en el Dios de la promesa, y fueron librados; no debemos ir a politiquear ni a gastar nuestros esfuerzos en conferencias controversiales; para eso ya hay gente; debemos predicar el Evangelio a toda criatura, con el ejemplo y con la voz; que sea Dios y su Espíritu hablando a los corazones.
 
Tengamos ánimo, que Dios es el mismo de ayer, y su poder no ha menguado. Su voluntad se hará efectiva, y nosotros debemos servirle, honrarle y mantener nuestra fidelidad a pesar de las presiones.

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