No imites lo malo

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“Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace lo malo, no ha visto a Dios” (3ª Juan 11).

¿Has notado que las personas que ven series televisivas, se introducen tanto en el tema que llegan a unirse emocionalmente a ellas? ¿Y cuando termina la trama, todos lloran por la despedida, se afligen y sienten emociones negativas por el fin de sus series? Es lo que se llama “fans”, que viene del inglés “fanatic”, un fanático. La palabra “fanático” significa “apasionado y tenazmente desmedido en la defensa de una creencia, personaje u objeto”, pero sin razón alguna o racional para ello.

Los fanáticos gritan cuando “su” equipo participa en una competencia, a pesar de que al fanático nadie del equipo lo conoce o le interesa; un fanático apoya ciega y violentamente a su político preferido o a su partido político ignorando que él jamás será tenido en cuenta; un fanático es quien defiende una ideología o movimiento sin saber a ciencia cierta el por qué, o las causas que lo motiven, incluso en detrimento de su propia persona. Un fanático es una persona fiel ante un grupo, ideología o persona que no tiene ninguna fidelidad hacia él.

Entre lo bueno y lo malo, solamente el bien se esfuerza y le interesa a quien se le acerque; se preocupa por quien llega a unirse a su causa; el mal simplemente no le importa quien le siga, solamente quiere hacer mal, incluso al mejor “amigo” que esté de su parte. En el mal la fidelidad es de una vía. La política, sin excepción, es una fidelidad de una vía: de los ciudadanos, pero a la inversa no sucede; solamente hay un leve rose de “amigos” para mantener esa fidelidad.

Dios nos llama a no ser “imitadores” de lo malo. La palabra “imitar”, es la misma palabra griega de donde tenemos “mimo”, un personaje sin voz, que solamente imita movimientos, y cuando alguien intenta hablar con esa persona, le mira con ojos desorbitados para luego, aunque en apariencia ha escuchado, le dejará hablando solo. Así son las personas que imitan lo malo; aunque saben el idioma, aunque saben la verdad, han decidido seguir una forma de vida que imita solamente lo malo, desechando voluntariamente todo aspecto hacia lo bueno.

Muchos cristianos pierden el tiempo en redes sociales, en predicaciones, en charlas y en conversaciones privadas tratando que un impío entienda el mal que hace y, de alguna manera, cambie su vida. Incluso hay creyentes que creen que poniendo a orar al impío, lo “acercan a Dios”, o el hecho de que lean la Biblia. Muchas veces los cristianos han repetido la frase: “No son ignorantes, ellos saben que está mal”, con un rostro asombrado por como hacen el mal sin sentir el más mínimo remordimiento. Pero un impío está “muerto”, no en el sentido literal, sino en el sentido etimológico: separados de todo lo bueno, separados de Dios. Dios no llama a sus hijos a reformar a los perdidos, Dios pide a sus hijos predicar el Evangelio. Tristemente muchos consideran que hablar el Evangelio no da resultados, porque siempre que hablan con impío solo refieren temas filosóficos, procurando convencer al otro. Dios no nos ha llamado a convencer a nadie; es el Espíritu Santo quien tiene ese trabajo; nosotros solo somos llamados a predicar el Evangelio, a decir la verdad.

Por causa de la verdad que debemos decir, Dios dice que debemos “imitar lo bueno”, es decir, como el mimo, repitiendo y diciendo solamente lo que Dios ha dicho en su Palabra. No es para nosotros un deber ser conocedores más que en la Biblia; quien la rechaza lo hace porque está condenado. No somos llamados a convencer a los pecadores; sino a predicar el Evangelio. Pero muchos creen que ayudando a entender la verdad los impíos serán cambiados. De hecho que no; la única forma de que cambie un impío es naciendo de nuevo, recibiendo la luz del Evangelio de Cristo. Aunque muchos pueden sentir fuerte culpa por su pecado y reformarse, la verdad del Evangelio no es una reforma, es un nuevo nacimiento. Los reformados, tarde o temprano, volverán a su antigua naturaleza, ya que ésta solo ha sido modificada, no muerta y cambiada por una nueva. La antigua naturaleza puede actuar bien, pero siempre se empeora cuando disfruta de la verdad y retrocede a seguir su naturaleza.

Un creyente verdadero jamás irá al infierno; pero un impío no nacido de nuevo, está siempre condenado al infierno.

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