Llamados Bautistas

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La etimología eclesiástica del nombre “bautista

Capítulo 1 del Libro: Historia de los Bautistas, por JUSTO ANDERSON. El libro completo se puede adquirir en Editorial Mundo Hispano

El vocablo “bautista”, como un nombre que describe a un cuerpo de cristianos, se usó por primera vez en idioma inglés en el siglo XVII[1]. Fue más bien un apodo forjado por sus opositores que un nombre creado por ellos. ¡Es bien cierto que no les gustaba! Los así llamados “bautistas” preferían ser denominados, “creyentes bautizados”[2], “hermanos cristianos”, “discípulos de Cristo”[3], o “cristianos neotestamentarios”. Creían ellos que reconstituían “la verdadera iglesia de Cristo”[4]. Con toda razón no querían ser asociados con el odiado movimiento “anabautista” (rebautizadores), desacreditado completamente, aunque injustamente, por el famoso “fiasco de Münster”[5]. Sin embargo, era imposible cambiar la mentalidad popular. El término “bautista” era nada más que una abreviatura de aquel nombre de oprobio, “anabautista”[6], cuya trayectoria histórica connotaba un espectro eclesiástico. Significaba el fanatismo, la herejía, la sedición y la inmoralidad en nombre de la religión. Desde ese tiempo, los historiadores católicos y protestantes lo han empleado para caricaturizar a cualquier disidente. Así, esperaban mantener el status quo similar al uso del término “comunista” en el día de hoy[7]. Un breve resumen histórico eclesiástico de este prejuicio mostrará porqué a los primeros “bautistas” no les gustaba su nombre.

La oposición al rebautismo se originó en la misma Iglesia Primitiva que declaró una fórmula clara: “Un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:5). Sin embargo, alrededor del año 250, el obispo Cipriano de Cartago[8], África del Norte, insistió en el rebautismo de los cismáticos y los herejes que se le presentaban para hacerse miembros de su iglesia. Se libró una gran discusión que continuó por muchos años. El Obispo de Roma se opuso a Cipriano, el rebautizador, arguyendo que la validez del bautismo no dependía del administrador sino de la fórmula y la intención. Este punto de vista, ex opere opéralo, llegó a ser la norma cada vez más influyente de la iglesia romana. No obstante, la convicción sectaria de Cipriano reaparecería una y otra vez hasta la época de la Reforma[9].

Un siglo después, otro grupo cismático de África del Norte, los donatistas, pretendieron constituir de nuevo la iglesia verdadera. Rebautizaban a todos los que se les afiliaban de otras iglesias consideradas apóstatas. Contra estos donatistas recalcitrantes, los emperadores romanos, Honorio y Teodosio, en marzo de 413, incorporaron en el famoso Código de Teodosio, una ley que prescribía castigos muy severos para los rebautizadores y para los rebautizados[10].

A mediados del siglo VI, Justiniano, Emperador de Oriente que procuró restablecer la gloria universal de Roma, trató de extirpar la herejía de todo el Imperio. En el celebrado Código de Justiniano, intensificó la ley de Teodosio contra los rebautizadores.

No demandaba, pero sí permitía la pena capital[11]. Fue dirigida contra los maniqueos y los montañistas, sospechosos de colaborar con el imperio rival de Persia, pero en la Edad Media se aplicaba a todos los grupos disidentes.

Esta evolución culminó en el siglo XVI cuando Carlos V, Emperador del Santo

Imperio Romano, secundado por los católicos y los luteranos[12], exhumó esta ley de la antigüedad y la puso de nuevo en vigencia. Excedió a la severidad de Teodosio y Justiniano por prescribir la pena capital sin derecho de apelación a todos los “anabautistas y rebautizados”. Basándose en la ley canónica e imperial, decretó en la Segunda Dieta de Espira (1529),

“que esta secta antigua[13] del anabautismo está aumentándose mucho… por eso… renovamos la ley imperial… que todos los anabautistas y hombres rebautizados de edad responsable serán condenados y pasados de la vida a la muerte por fuego, por espada, etcétera,… sin el proceso de la Inquisición”[14].

Como es de suponer, este edicto, trajo una gran persecución. La matanza que siguió fue un factor importante en la psicosis que produjeron los lamentables sucesos de Münster en 1534[15]. El fanatismo es un producto ineludible de la persecución corporal. Los excesos de Münster, que realmente representaron una excreción del seudoanabautismo y no un resultado del anabautismo sano y bíblico, arrojaron una gran sombra sobre el heroísmo de miles de anabautistas que derramaron su sangre en defensa de su fe[16]. El término “anabautismo” quedó manchado. Los historiadores católicos y protestantes señalaron a Münster como el resultado lógico del movimiento anabautista[17].

Por eso, aquellos primeros “bautistas” de Inglaterra, sabiendo menos que sus opositores anglicanos y puritanos del anabautismo continental, se estremecían cuando se les dirigía el apodo[18]. Juan Bunyan reflejó este disgusto que compartía con la mayor parte de sus correligionarios bautistas cuando dijo:

…en cuanto a esos nombres facciosos como anabautista, independiente, presbiteriano, etcétera… concluyo que no vinieron ni de Jerusalén ni de Antioquía, sino del infierno y de Babilonia, porque tienden a dividirnos[19].

Como muchos otros, prefería el nombre “cristiano”. Quizás, por esa razón el protagonista de su famosa obra El Peregrino, llegó a la Ciudad Celestial sin ser bautizado y sin un rótulo denominacional[20].

Debido a esta evolución desafortunada en el concepto popular de los anabautistas, que constituía un gran malentendido en el campo de la historia eclesiástica hasta el siglo XX[21] muy pocos cristianos llamados “bautistas” se conformaron con este apodo en el siglo XVII.

$En realidad, es un nombre muy inadecuado para la denominación que representa. Distorsiona, más que aclara, la posición eclesiástica de los bautistas[22]. ¡La verdad es que otras ramas de la fe cristiana ponen más énfasis sobre la importancia del bautismo que los bautistas! Algunos hacen la diferencia entre la perdición y la salvación —cosa que repugna al bautista. Sin embargo, con el correr de los años aquellos “creyentes bautizados” aceptaron finalmente el apodo como su nombre.

En 1644 la primera Confesión de Fe, publicada por los “creyentes bautizados”, llamados bautistas, se identifica así, “la Confesión de las iglesias comúnmente (pero falsamente) llamadas anabautistas”[23]. Sin embargo, pasada una década, Guillermo Britten en Inglaterra publicó un libro titulado: Un Bautista Moderado[24] (1654). Un Catecismo Bautista se publicó unos años más tarde[25], y Roberto Pitdlok usó el nombre en un sentido general en su libro, El Martillo de Persecución, publicado en Escocia en 1659[26]. A pesar de estos usos aislados, la mayoría no aceptó el nombre hasta el siglo XVIII[27].

En realidad, se desconoce el origen del nombre, “bautista”, en su sentido denominacional. Si se tuviese que arriesgar una conclusión en base a los datos a mano, ésta sería: el nombre “bautista” aparece primero en Alemania (Taüfer)[28] en el siglo XVI, y, luego en Inglaterra en el siglo XVII sin los auspicios de ningún representativo. Fue un apodo no aceptado por aquellos a quienes dirigía. Probablemente, no se originó entre aquellos “creyentes bautizados” ingleses, y solamente unos pocos de sus escritores lo usaron al principio. Frente a las injustas acusaciones de ser herejes, anarquistas, y antinominianos, la aceptación de este apodo oprobioso hubiera sido una concesión y hubiera debilitado su pretensión de ser cristianos inteligentes y responsables. El apodo “bautista” se asemeja peligrosamente a aquel término, “anabautista”, y, al mismo tiempo, no subrayaba la esencia del movimiento. Les parecía que no ganaban nada en adoptarlo. No obstante, con el correr de los años, la conveniencia más bien que la definición prevaleció[29]. Por falta de otro nombre conciso y descriptivo, los “creyentes bautizados” se conformaron al despreciado apodo. Por lo menos, destacaba uno de los aspectos más dramáticos de su fe, a saber: el bautismo de creyentes por inmersión. Enrique Vedder dice:

…hay una sola explicación de la aparición del nombre “bautista” durante este tiempo en Inglaterra, a saber: algunas iglesias innovaron y practicaron los principios que, desde aquel entonces están asociados con el nombre. El nombre “anabautista” era bien conocido. Estaba asociado con la negación del bautismo infantil, pero no necesariamente con el bautismo por inmersión. Alrededor del año 1641, algunos anabautistas ingleses empezaron a bautizar a creyentes por inmersión. Surgió de inmediato el apodo, “bautista” para describir a este nuevo grupo[30].

A partir del siglo XVIII, el nombre “bautista” comenzó su evolución hacia la respetabilidad. Debido a la fidelidad de los feligreses, a los frutos de la investigación histórica, a la práctica consecuente de los principios, y al crecimiento grande de las iglesias, la denominación llamada “bautista” se cuenta entre las más grandes del cristianismo. Los nombres, “bautista” y “anabautista”, antes repudiados y despreciados, ahora evocan el respeto y la admiración de grandes sectores del cristianismo. Numéricamente, constituyen aproximadamente un 11% de la feligresía protestante[31] en el mundo. En los últimos tres siglos y medio se han convertido, de una secta pequeña de refugiados religiosos, en una comunión cristiana de más de 33 millones de miembros bautizados, con representación en casi todos los países del mundo. Cuando se agrega a esto toda la comunidad a la que ministran las iglesias bautistas, el significado de este sector del pueblo evangélico se hace notable[32]. Una vez arrinconados en la periferia de la Historia Eclesiástica, los bautistas ocupan ahora su debido lugar en el marco de tal historia. ¡El nombre se ha dignificado!

[1] Henry C. Vedder. A Short History of the Baptists (Philadelphia: American Baptist Publication

Society, 1907), p. 3. La palabra alemana, taüfer (bautista), ya se usaba en el Continente Europeo. Se originó en el siglo XVI refriéndose al Movimiento antipaidobautista. Puede ser una explicación parcial de su uso después en Inglaterra.

[2] Roben B. Hannen, “Historical Notes on the Name ‘Baptist’ ”, Foundations, A Baptist Journal of

History and Teology, Vol. VIII, No. 1, (Jan. 1965), p. 64.

[3] A. H. Newman. A History of the Baptist Churches in the United States. (Philadelphia: American

Baptist Publication Society, 1915), p. 1.

[4] Hannen, op. cit., p. 63.

[5] Mennonite Encyclopedia, III, p. 777, un relato verídico, objetivo de los sucesos.

[6] George H. Williams, !e Radical Reformation. (Philadelphia: #e Westminster Press, 1962),

  1. 238-240.

[7] J. H. Rushbrooke, Some Chapters of European Baptist History (London: #e Kingsgate Press,

1929), p. 15.

[8] Williams, op. cit., p. 239. Véase también W.H.C. Frend, !e Donatist Church (Oxford: Clarendon

Press, 1952), pp. 236-237.

[9] Williams, op. cit., p. 239.

[10] Frend, op. cit., pp. 233-249 —describe castigo pero no menciona la pena capital.

[11] Williams, op. cit., p. 239.

[12] Ibid. p. 240. Es interesante que Carlos V contaba con apoyo luterano. Es una mancha sobre la

historia de los primeros protestantes. Es una ironía de la historia que esta Dieta, que marcó el

comienzo del protestantismo, promulgó un golpe de muerte al anabautismo.

[13] Ibid. p. 238. Es interesante que Carlos V en este Edicto se contradice (al mismo tiempo revela un problema del estudio de la historia bautista) cuando dice, primero, “en contra de la recién surgida secta del anabautismo”, y, luego, dice, “esta secta antigua del anabautismo”. Puede ser que quería decir, “algo antiguo que de nuevo aparece”.

[14] Ibid. p. 238.

[15] Mennonite Encydopedia, III p. 779. Comúnmente llamado en la Historia Eclesiástica “el fiasco

de Münster”.

[16] Ibid. pp. 446-451. Lista completa de los mandatos contra los anabautistas.

[17] Hannen, op. cit., p. 62. El término “catabautista”, inventado por Zwinglio, se usaba mucho también. Quería decir “antibautista” como si hubieran pervertido el verdadero bautismo infantil, según Zwinglio. Véase también, W. H. Whitsitt, A Question in Baptist History (Louisville, Kentucky: Chas. Dearing, 1896), p. 92.

[18] Rushbrooke, op. cit., p. 15. Rushbrooke observó que aún en el siglo XIX cuando la obra bautista comenzó de nuevo en Alemania, el sistema del vocablo quedaba y constituía un problema.

[19] Tomas Armitage, A History of the Baptists Traced by their Vital Principles and Practices (New

York: Bryan, Taylor and Co. 1888), p. 537. Hannen op. cit., p. 66.

[20] Ibid. p. 66.

[21] La investigación histórica moderna lo ha elevado a su debido lugar en nuestro día.

[22] Hannen, op. cit. p. 67.

[23] William L. Lumpkin, Baptist Confessions of Faith (Philadelphia: #e Judson Press, 1959), p. 153.

  1. J. McGlothlin. Baptist Confessions of Faith (Philadelphia: American Baptist Publication

Society, 1911), p. 171.

[24] Vedder, op. cit. p. 3. Hannen, op. cit., p. 68.

[25] Vedder, op. cit. p. 3.

[26] Hannen, op. cit., p. 68.

[27] Ibid. p. 68; también, Whitsitt, op. cit., p. 93 en que dice que fue el año 1644

[28] Ibid., p. 69. Taüfer significa bautista; Wiedertaüfer significa anabautista. Los dos vocablos se usaron intercambiablemente refiriéndose al anabautismo continental en el siglo XVI. Algo similar ocurrió en Inglaterra con las palabras “bautista” y “anabautista”. En los Países Bajos los nombres de Doopgezinke (mentalidad bautismal) y “Mennonita” se usaban. En Alemania Taufgesinnte Waterlandeses también se usaba. El término moderno Baptisten fue inventado por Juan Oncken para no identificarse con los otros. (Véase Ernest A. Payne, Free Churchmen, (London: #e Carey Kingsgate Press, 1965), p. 78.

[29] Hannen, op. cit., p. 70.

[30] Vedder, op. cit., pp. 3, 4.

[31] Un total de 295 millones en 1974, no incluyendo a las iglesias ortodoxas.

[32] Samuel Hill and Robert Torbett. Baptists North and South. Valley Forge, Pa., #e Judson Press,

  1. p. 11. Muchos calculan que la comunidad bautista asciende a 90 millones (contando niños,

etcétera).