I.D.M.

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Iniciación, Desarrollo y Madurez

El Apóstol san Pablo expresó en 1ª Corintios 3:6: “Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento”.

Si deseamos ser un ejemplo del Salvador, debemos ser creyentes y ministerios enfocados en iniciar, desarrollar y madurar iglesias. Nuestra misión tiene como objetivo central el Proyecto Permanente IDM (Iniciación, Desarrollo y Madurez), que está enfocado en el inicio, el desarrollo integral y la madurez de iglesias bautistas Landmark en Costa Rica y América Latina.

La predicación del Evangelio no tiene como objetivo llenar templos, sino salvar almas. El Evangelio es la predicación de la muerte, sepultura y resurrección del Señor, y de la suficiencia de Su obra en la cruz. Cuando repartimos un tratado, repartimos una esperanza; cuando nos detenemos a hablar del Cristo nuestro, nos detenemos a salvar un alma. Jesús, nuestro Salvador, quiere un pueblo que haga trabajo de evangelista y cumpla su ministerio. Nosotros los pastores, así como los estudiantes de Biblia, debemos salir airosos a predicar el Evangelio de Jesucristo y a proclamar por todas partes las buenas nuevas de que Jesucristo es el Salvador, y que todos pueden recibirle por la fe.

El pasaje de 1ª Corintios 3:6 nos da los tres pasos esenciales de la igleplantación:

  1. Yo Planté. Es el proceso de Iniciar, preparando el campo, purificando la tierra y arando para sembrar la semilla. Este es el proceso de Evangelización, repartir tratados, dar a conocer el Evangelio por medio del servicio que podemos ofrecer a la comunidad, etc. Es lo que comúnmente han llamado misiones, aunque el término que prefiero es evangelización, es decir, anunciar las buenas nuevas de Jesús, el Cristo de Dios.
  2. Apolos regó. Este es el proceso del riego, de echar el agua, de proteger del Sol abrazador, de sostener la frescura de la planta. Este es el proceso del discipulado, la formación, la enseñanza, la instrucción. Es hacer crecer al creyente, con los nutrientes necesarios.
  3. Dios da el crecimiento. Este el proceso natural del crecimiento hasta alcanzar la madurez. Nuestro objetivo no es formar personas que nosotros adoctrinemos a nuestros gustos, sino dejar que la Palabra de Dios vaya transformado sus vidas y conformándolas a la forma de Cristo. La madurez alcanzada es cuando el creyente pasa a ser un plantador de iglesias.

Una iglesia que no evangeliza ha perdido el sentido y propósito. La iglesia local debe reproducirse en más almas, en más iglesias… Dios desea que las iglesias crezcan, que hayan muchas en las localidades, para que haya testimonio y haya luz. Si un pueblo no tienen iglesia, la solución no es llevar a los pocos creyentes a otro pueblo donde hay iglesia, sino es iniciar con ellos una obra nueva donde viven.

El hambre espiritual que experimentamos en nuestra era, así como la creciente ola de religiones cristianas sin fundamento bíblico, nos demuestran que Dios desea alcanzar a muchos en esta época para Su gloria. Esto no significa edificar individualmente a los cristianos, sino a unirlos a una iglesia para que crezcan colectivamente como el Cuerpo de Cristo. Ante la caída general del comunismo, el leve rechazo al ateísmo y la creciente aceptación de la fe, abre puertas a las iglesias para fundar comunidades donde Cristo sea glorificado.

El hambre espiritual que podemos ver actualmente solamente es saciada con el conocimiento del Hijo de Dios. Esto significa que no solamente se les debe presentar el Evangelio y conducirlo a una entrega personal y real a Cristo, sino que nos demanda la formación integral, social y espiritual, de estos nuevos creyentes dentro de la comunidad cristiana local. Es por ello que la iglesia local comienza a tener, nuevamente, la intensa figura de lugar de identidad y de refugio.

El concepto de una iglesia universal ha logrado desvirtuar y rechazar la importancia de la iglesia local. Muchos cristianos pretenden ser miembros de una iglesia invisible sin la necesidad de asistir a una iglesia local, en contra de todo el concepto bíblico de la iglesia fundada por Cristo. Además, las nuevas religiones ofrecen experiencias espirituales sin la necesidad de un compromiso con otras personas. Pero todo esto, en lugar de ser negativo, es muy positivo, porque los asistentes conversos a una iglesia local serán más propensos a ser fieles que aquellos que se sienten parte de una iglesia fantasma e irreal.

Por eso necesitamos que haya una Iniciación correcta, con el discipulado básico, para que acepten a Cristo como Salvador, seguido de un Desarrollo avanzado, con doctrina estable y formal, para que a sí tengan un crecimiento adecuado como demanda el Señor. Por último, debe haber una Madurez, por medio de la Experiencia y el hábito formado de oración y estudio bíblico, para seguir reproduciéndose en la evangelización y el alcance a otros que no saben nada del Salvador.

Recordemos que la realidad central de esta iglesia era una comunidad local, una congregación “llamada fuera” (ekklesía) del mundo. Era una comunidad que vivía por el poder y los valores de Jesús. Ese poder y esos valores fueron preservados y compartidos dentro de la comunidad íntima por medio de la enseñanza y predicación de los apóstoles, principalmente al compartir el pan y el vino de la Cena. Se ganaba la entrada en esa comunidad solo cuando la misma estaba convencida de que la persona también mantenía los mismos valores y había nacido a Aquel poder, reflejándolo en el bautismo. La comunidad era intensa y personal. El pertenecer a la misma era una experiencia de estar en contacto con el Espíritu de Dios por medio de la Biblia… El otro lado de esta imagen de comunidad era la imagen de un ambiente en el mundo que era hostil a aquello que sostenía la iglesia. El mundo  no era neutral, sino que se oponía a la iglesia… La iglesia debía “ir al mundo”, “estar en el mundo pero no ser del mundo”. Mucho de la vida de la congregación estaba definido por su sentido de estar en la frontera de la misión a un mundo hostil. Pero también percibió que el significado de su vida era edificar a sus miembros con la valentía, la fortaleza y la habilidad para comunicar las buenas nuevas dentro del mundo hostil. Su tarea interna era ordenar su vida, a fin de establecer las funciones y las relaciones que maduraran a los miembros de la congregación en la misión que involucraba a cada uno. Los miembros percibían que el poder para involucrarse en la misión -cruzar el límite misionero- venía del Espíritu Santo.

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